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Los relatos del día

Disfruta de estos 4 pequeños relatos eróticos:
Relatos aleatorios
1. Como a las tres de la mañana, mientras bailábamos, algo cambió en mi, de repente empecé a mirar a Agustina como nunca antes lo había hecho. Si bien varias veces habiamos salido a bailar siempre ibamos con amigos y como es logico yo no iba a los boliches para bailar con mi hermana. Si a lo largo del tiempo habiamos bailado algun que otro temas juntos alguna vez, pero no era costumbre, y mucho menos estar toda una noche bailando juntos lo que conlleva logicamente a tener cierto contacto fisico. El hecho es que no estaba mirando a Agustina como mi hermana de sangre que era, sino como la hermosura de mujer que es. Su hermoso pelo castaño, sus labios insinuantes, su piel trigueña, su alegría, su frescura, su dulzura y su hermoso cuerpo. Pero ella estaba tan entregada al baile y la diversion que no lo notó.

2. Yadira golpeó el agua con el puño y se irguió malhumorada de la bañera dejando caer el agua tibia por su cuerpo, que brillaba bajo el danzante baile de las llamas de las velas. Se echó una bata de fina seda negra sobre el cuerpo que, si bien la cubría por completo, era lo bastante fina como para dejar entrever lo que había debajo; así ataviada salió de su aposento en dirección a los calabozos. Necesitaba saberlo, necesitaba oírselo decir. Sus pies descalzos resonaron en la lóbrega piedra de la escalinata, con un gesto ordenó al soldado que estaba de guardia que se marchara y los dejara a solas, éste le tendió la llave y se alejó de allí sin hacer preguntas. Yadira hizo girar la llave en la cerradura y la puerta se abrió con un desagradable chirrido. Davor estaba allí, con los brazos en alto firmemente sujetos por argollas que colgaban del techo, le había quitado la armadura y ahora tan solo llevaba los calzones de cuero negro y las botas, su torso estaba totalmente desnudo y dejaba ver varias heridas del arma de Yadira. La mujer tuvo que hacer un esfuerzo para no correr a liberarlo, se encaró con él haciendo gala de su gesto más indiferente, aunque él sabía que el fuego ardía en su interior.

3. Cierro los ojos y siento que no hay nadie allá afuera, sólo estamos él y yo, y el fuego que arde dentro de nosotros. El mundo podría hundirse bajo mis pies y no me importaría porque él esta conmigo y yo estoy con él. Una de mis manos se desliza hasta su miembro erecto. Lo acaricio suavemente, pero enseguida debo abandonarlo, porque él se agacha. Besa mis senos, los chupetea y sigue hacía bajo por mi vientre hasta llegar a mi sexo. Abro las piernas y siento su dedos moviéndose diestramente, acariciando, y haciendo que la excitación suba y mi respiración se vuelva jadeante. Noto su lengua sobre mi clítoris moviéndose sinuosamente. Suspiro profundamente, mientras con mis manos empujo su cabeza hacía mi sexo. Su lengua baila de mi vagina a mi clítoris alternativamente y las piernas empiezan a flaquearme. Por eso, él se pone en pie y me lleva hasta la cama. Me siento en el borde y abro mis piernas, mientras él se arrodilla entre ellas. Hurga de nuevo entre mi pelo púbico, introduce un dedo en mi vagina y mi cuerpo se tensa. Luego acerca su boca a mi sexo y empieza a lamerlo. Gimo y me estremezco al sentir su boca y me acuesto sobre la cama, mientras él sigue lamiendo e introduciendo un par de dedos en mí de vez en cuando.

4. En la parte superior llevaba una sencilla pero gustosa camiseta de tirantes, que dejaba a la vista de todas las miradas su ombligo, y la estrechez de la misma hacía a su vez de sujetador de unos pechos excepcionalmente sugerentes, generosos en su tamaño, y sensualmente voluptuosos. Su pelo, de un negro intenso, era largo y liso, cayéndole por sus hombros y su menuda espalda, y era inusitadamente suave, tal como se podía apreciar al menor movimiento de su cabeza. Su cuerpo era excepcional, quizá no mejor que el de muchas otras chicas que se creían en inferioridad, pero sabía como realzarlo y como sacar el máximo partido a sus curvas. Resultaba enormemente provocativa, simplemente con verla a lo lejos, y ella era plenamente consciente que su cuerpo era objeto de deseo sexual para la mayoría de los hombres con que se cruzaba.