Pisos relax Madrid

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Los relatos del día

Disfruta de estos 4 pequeños relatos eróticos:
Relatos aleatorios
1. Ahora sí, como en su sueño, se acercó a Raúl, dentro de la floristería, donde se encontraba colocando sacos de fertilizante y abono que ella había estado utilizando en la calle, y justo cuando se disponía, con el corazón en un hilo, a revelar sus sentimientos al joven, una joven alta y delgada de pelo negro y ojos verdes, guapísima, entró en la tienda. Raúl, al verla, se alegró, algo que extrañó mucho a Ángela, y se fue hacia ella. A través de una cristalera, Ángela vio como la recién llegada y Raúl se besaban apasionadamente, ante la sorprendida mirada de Rosa, que se dirigió después con seriedad a Ángela, dándola a entender que volviera al trabajo. Ángela pasó hacia dentro, llorando desconsolada, con el corazón destrozado y con la incertidumbre de saber si volvería a ver o no a aquel chico, el suficiente tiempo como para confesarle unos sentimientos de los que, desgraciadamente, ya no estaba segura. En unas horas, toda su decisión y felicidad se habían transformado de nuevo en desilusión, dolor y tristeza.

2. Despues me tiré en la arena, boca arriba y le pedi que se moviera para que se hiciera realidad algo que de por si siempre me exito mucho: Sentir la sensacion de un lindo culito sobre mi cara. Si a esto le agregamos que la que iba a poner su culo encima de mi cara era mi hermana mis niveles de exitación estaban desbordados. Besé sus piernas y ella finalmente se sento encima de mi cara dejando en frente de mi el espectaculo mas majestuoso que pude haber imaginado jamas, Tenia a Agus, mi dulce e inseparable hermana menor desnuda y ofreciendome su culo trigueño para que hiciera con el lo que desee. Entonces fue que hundí mi rostro en la concha de agustina, sintiendo el perfume del incesto que no me dejaba y que hacia que mi pija continuara dura como nunca antes, lamiendo su clítoris, volviendo a su culo y terminando en su clítoris, parando, acariciando con una mano una de sus tetas y con la otra sus piernas y nalgas. En menos de 5 minutos agus estaba acabando otra vez, disfrutandolo a pleno conmigo, viviendo un momento magico, cristalizando carnalmente un amor sincero y puro de verdad, gozando lo prohibido... mientras extendía su mano para acariciar mi pija que a esa altura solo queria vivir dentro de ella, estaba llena de vida, completamente deseosa de romper miedos para siempre.

3. De repente siento como frota su sexo erecto contra el mío, lo guía hasta mi agujero vaginal y muy despacio me penetra. Me incorporo y lo abrazo con mis piernas y mis brazos, mientras siento como pega su cuerpo al mío. Empezamos a movernos ambos, acoplando nuestros cuerpos, sintiéndonos el uno al otro, el uno dentro del otro. Siento su sexo entrando y saliendo de mí, gimo, y me convulsiono igual que él. Siento su respiración entrecortada en mi oído. Su abrazo cubriéndome por completo y el fuego del deseo creciendo entre ambos. Dos cuerpos pegados que nada ni nadie, ahora mismo, podrían separar. La carrera hacía el éxtasis se va alargando. Siento su verga hinchándose dentro de mí y vuelvo a acostarme sobre la cama. Estoy apunto de llegar a la cima y él lo sabe, por eso se detiene. Saca su sexo de mí. Y me hace poner boca abajo. Siento uno de sus dedos acariciando mi nalga y descendiendo hasta mi entrepierna, acaricia la humedad de mi sexo y luego se tiende sobre mí, siento su verga entre mis piernas y el glande chocando con mi vulva. Abro las piernas y espero para recibirle otra vez.

4. Mirando a través del escaparate vio a Marisa cruzar la acera en dirección a ella y pensó, por un momento, que no estaría mal que un coche pasara por encima de ella, dejándole el camino libre con Raúl. A pesar de lo que habían hablado en el hospital el joven y ella, no estaba nada convencida con lo que él le dijo, y quería a toda costa acabar a su lado, si cabe, ahora más que nunca. Y ya no pensaba ser ella la que siempre sufriera. Durante el tiempo que había estado en cama, se había dado cuenta de que nadie mostraba sinceridad al hablar con ella en el hospital, sólo sus padres. Ni las vecinas, ni las compañeras del instituto que la conocían de toda la vida. Nadie. Todos la miraban como a un bicho raro, una incomprendida, algo inferior, enfermo, despreciable, y pensó, por una vez, en su felicidad, y no en lo que pudieran pensar los demás al verla hacer las cosas. La chica tímida y vergonzosa se había transformado en la chica fría y egoísta.